El certificado y la madre que lo parió

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El certificado y la madre que lo parió
Fogonazos

 

Lo confieso: estoy vacunado con las tres dosis, pero nunca me sentí más inseguro que cuando trato de ver el famoso certificado. Ahora mismo lo intento: cojo el teléfono, abro la tarjeta sanitaria, me dice “introduzca su pin”, no lo conozco, me pregunta si lo olvidé, le digo que sí, me pasa a otra página, me pide el o la CIPA, no sé qué coño es, relleno el resto, que es el DNI, la fecha de nacimiento (en inglés, que ya son ganas de joder) y el teléfono, le doy a “continuar” y a hacer puñetas: debe ser que, como no opuse el o la CIPA, ni puñetero caso. Doy una segunda vuelta al artilugio y ¡milagro! aparece el o la CIPA, que es un número, pero sigo sin tener el pin. Le doy a la clave de pin olvidado y me dice amablemente: “recuperar el pin. Si ha olvidado su clave de acceso, debe acudir a su centro de salud”. Y a continuación: “aceptar”. Le doy a aceptar, vuelvo atrás y me da dos opciones. Una es “acceder con huella”, pruebo con todos los dedos y ni caso: mis huellas no se corresponden con mi personalidad sanitaria. Mañana intentaré probar con las huellas de los dedos de los pies. La otra opción es: “cambiar de usuario”. Eso sí que no, oigan; cambiar de usuario, ni de coña. Me cisco en el certificado y en la madre que lo ingenió. O que lo parió, qué más da.