Increíble parsimonia

Las calculadoras echan humo. La suma de parados y de acogidos a ERTEs desmoralizan. Desde la llegada de la epidemia se destruyeron más de 140.000 negocios. El gasto en prestaciones sociales fue en abril un 207% más alto que hace un año: 4.512 millones de euros. Y a partir de junio, habrá que añadir los 3.000 millones anuales del ingreso mínimo vital que se aprobará la semana que viene. Los números son fríos, pero son el retrato de un momento dramático. Antes de alcanzar la “nueva normalidad”, esta es la “nueva realidad”. Pero nos hicimos tanto a la idea del desastre, que nadie se conmueve. Yo imaginaba que, al publicarse estos datos, se colapsarían los teléfonos de La Moncloa para apremiar al presidente a convocar el “Pacto de Reconstrucción”, pero nadie llamó. En plena emergencia, nadie reclamó soluciones urgentes de futuro. Las conciencias están tranquilas porque el “escudo social” protege a los más necesitados. Con dinero se cura todo, aunque se maten las expectativas de varias generaciones y aunque se ignore de dónde saldrán tantos recursos. Me asusta ese conformismo. Me aterra la pérdida de sensibilidad.