Estaba el poder político mundial disfrutando de Madrid y sus seducciones: el rey Felipe VI, encantado de comprobar que nunca había habido tantos líderes en el Palacio Real; la reina doña Letizia, de brillantísima y guapa guía turística de las señoras de los señores mandamases; Pedro Sánchez, feliz como una perdiz de sus ansiados abrazos con Biden; doña Begoña, señora de Sánchez, de atractivo y cariñoso apoyo de su marido; el Guernika, el Museo del Prado… Todo precioso, aunque los reunidos preparasen una guerra. Todo profundamente seductor. Hasta que en un momento el pueblo llano llamó a la puerta y preguntó, como siempre, qué hay de lo suyo. Y lo suyo era que los precios habían subido en un año un 10,2 por ciento. Y detrás de esa fría cifra se escondía la realidad social de millones de personas más empobrecidas y a las que se dan 200 euros (un euro al día) para que no hagan la revolución. Y hoy se sabe que el 30 por ciento de la sociedad española está en riesgo de exclusión social. Pero estad tranquilos, ricos y poderosos: la OTAN dice que la amenaza es Rusia. Y Pedro Sánchez le ha dicho a Vladimir: “Putin, no vas a ganar”. Habrá más destructores en Rota, pero contra la subida de precios todavía no se inventó un destructor.