El viejo y el monte

Cuando se queman los montes, pienso en la gente mayor de los pueblos. Los hemos visto estos días en televisión y todos confesaban ganas de llorar. Yo creo que lloraron, pero les daba vergüenza hacerlo ante una cámara. Es que el monte es como la prolongación de su casa. Muchos de aquellos árboles hoy chamuscados fueron plantados por ellos o por sus padres o sus abuelos. Los vieron crecer como se ve crecer a los hijos y a los nietos. De niños buscaron en sus copas los nidos de los pájaros. De adolescentes encontraron en su espesura un refugio para los primeros amores. De adultos buscaron en ellos la sombra del verano y la leña del largo invierno. Allí encontraron un sitio para sus colmenas. Y donde había castaños cogieron castañas. Y donde había frutales cogieron frutas silvestres. Y crearon historias de lobos y de forajidos. Y un día, al abrir la ventana, encontraron el fuego y el humo. Y vieron cómo las llamas avanzaban y destruían el paisaje, su paisaje, sin que los aviones pudiesen frenar el avance de la destrucción. Para el conjunto de los españoles, en la Sierra de la Culebra se quemaron 30.000 hectáreas, como 30.000 campos de fútbol. En Navarra, 10.000, como 10.000 campos de fútbol. Para esos mayores de los pueblos, solo queda la desolación. Ya no vale la pena abrir la ventana. Ya no hay nada que ver.