Felipe González, la crisis de verdad

Podcast con el análisis político de Fernando Ónega

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La crisis socialista no es solo Ábalos. Ni Santos Cerdán. Esos (y otros que saldrán) son nombres que emponzoñan a un partido, pero no son suficientes como para provocar la abultada caída del PSOE en intención de voto que reflejan las últimas encuestas privadas. La crisis de verdad, la que aporta un dramatismo sin precedentes, es la que provocó Felipe González el día que fue entrevistado por Carlos Alsina en Onda Cero y reveló que no votará al PSOE en las próximas elecciones generales. Votará en blanco, porque tampoco se le puede pedir que a su edad propicie que otra fuerza política derrote a la que él dirigió durante casi tres lustros.

Si esto me lo hubiesen dicho hace un año, hubiera llamado al hospital siquiátrico más cercano. Dicho hoy, no hago tal cosa. Tomo la entrevista y la declaración como un reflejo fiel del momento político. Felipe González fue el gran reformador de la socialdemocracia en la España democrática. Fue el que asumió el poder del partido en Suresnes en 1974 porque presentó un proyecto nuevo y seductor. Fue, con Alfonso Guerra, el artífice de la mayor victoria electoral del PSOE, con 202 diputados y un país ilusionado por el cambio. Fue quien firmó el Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea. Fue un gobernante muy criticado, pero 

ganó más elecciones que nadie. Y ese hombre, con esa biografía, se niega a dar su voto a quien ahora ocupa su puesto. Todo un diagnóstico.

¿Ha sido solo por la corrupción que el equipo de Pedro Sánchez trata de reducir al trío Koldo-Ábalos-Cerdán? Pienso que no. Pienso que ha sido la culminación del desencanto por los pactos firmados con lo menos español y constitucional del mapa ideológico, por cesiones que no le correspondía hacer porque ponen en riesgo al Estado la unidad, por la traición del nuevo socialismo a su memoria, por el menosprecio de la Constitución, por la falta de sentido de Estado, por la ambición de poder que anula la voluntad de servir, si alguna vez existió, pero es la grandeza de la política.

Hubo otro indicio de profundidad de la crisis, que ha sido el artículo de Javier Cercas en El País y que pedía la dimisión de Pedro Sánchez. Y lo último, las encuestas que he mencionado, singularmente la del diario que acabo de citar y la de El Mundo. Anuncian catástrofe. Y creo que tampoco son solamente el resultado de los escándalos. Son el resultado de todo lo anterior. Son la voz popular, que sorprende porque España atraviesa un excelente momento económico, se crea empleo, nos inundan los turistas, hasta Trump elogia la economía española. Si en esas condiciones ambientales se quiere echar a Sánchez, es porque se ha convertido en una persona poco deseable para una notable mayoría de ciudadanos.

Y otro apunte personal: la última de esas encuestas se publica el mismo día que el Partido Popular inicia su congreso. Parece una preparada operación para levantar el ánimo de los asistentes a la asamblea para que aplaudan mejor y con más ganas a su líder Feijóo. Cuenten ustedes con ese fervor entusiasta de la parroquia de derechas. Y no me atrevo a pronosticar nada más. Solo me atrevo a expresar un deseo a Feijóo y su renovado equipo: no se lo crean de todo; no tomen los sondeos como una profecía, porque los ciudadanos cambian de idea y tienen ese derecho e incluso esa obligación de cambiar. Las encuestas, compromisarios del PP, confirman que Feijóo nunca lo tuvo tan a huevo, pero lo puede o se lo pueden estropear. El PSOE está tan tocado, que el reto que el PP tiene por delante no es siquiera acertar, sino no cometer ningún error. El primer error sería salir del congreso pensando que lo tiene todo hecho y que el camino a La Moncloa, antes lleno de espinas, es ahora un camino de rosas. El segundo error sería pensar que ante las urnas solo cotiza el rencor a Sánchez. Y el tercero, olvidar que ese Pedro Sánchez de las ambiciones juega a ser un gato que tiene siete vidas. Y no las ha consumido. Todavía le quedan casi la mitad.