Queridos Reyes Magos

Ya debéis estar, majestades, en territorio español. Cierro los ojos y oigo el fru-fru de vuestras capas y el griterío de vuestros pajes y el palpitar del corazón de millones de niños como yo. Os iba a pedir un teléfono nuevo, pero me parece un lujo que no merezco. Este año tengo otras cosas que suplicaros y solo vosotros, con vuestros poderes, nos podéis traer. Tengo que pediros que esos empleos creados se consoliden y sirvan para ayudar a miles y miles de familias y para garantizar el futuro de las pensiones. Y que se rebajen esas cifras tan dolientes como crecientes de quienes sufren pobreza y están en la frontera de la exclusión social. Y que desaparezca la palabra miedo de quienes están alarmados por la inflación y afligidos por la incertidumbre. Y que en vuestra estrella se puedan leer brillantes las cinco letras de la palabra salud. Y que vuelva el respeto a los mayores y la compañía a los solitarios y que nos ayudéis a combatir el silencio y el abandono. Y, metido en la espesura de los deseos imposibles, haced, majestades, que los poderosos se entiendan. Dotadlos de un bien cada vez más extraño que llaman altruismo y de otro bien cada vez más escaso que llaman generosidad y de otro bien cada vez más menguado que llaman sentido común.