Necesitamos esa esperanza

Ayer, el diario El País publicaba una noticia de Manuel Ansede tan hermosa como difícil de creer. “El enigma del alzhéimer: cae un 16% la incidencia sin que exista una cura”. No es este el lugar para entrar en los detalles científicos. Me quedo con lo sustancial: se trata de un estudio de la Universidad de Harvard que asegura que desde el año 1988 la incidencia del alzhéimer disminuye cada década en los países ricos. Yo tenía la impresión contraria. Pensaba que aumentaba el número de enfermos en la medida en que hay más viejos. Llegue a temer, como tanta gente, que ese fuese el destino de todos, como cara amarga del aumento de la esperanza de vida y a la vista de lo poco que se avanza en busca de la curación e incluso, aunque algo más, del cuidado y la prevención. Por eso hoy me planto y digo: quiero creer, necesito creer que es verdad la caída de la incidencia del alzhéimer. Necesito tener esa esperanza para que esa enfermedad deje de ser un destino inevitable, como la muerte. Probablemente no haya nada peor que mirar a tu familia y ponerte a pensar por qué tu mujer, tus hijos, están condenados a ser tus cuidadores. Con alejar ese pensamiento ya tengo una calidad de vida mejor.