La expulsión más dolorosa

De todo lo que dijo el ministro José Luis Escrivá ayer en Onda Cero, además del fuego amigo que le persigue, me quedo con una frase: “expulsar a las personas de 55 años del mercado laboral es algo muy injusto”. Yo lo diría de forma más agresiva: es intolerable. Sin embargo, es habitual. Los ERE se aplican a trabajadores de esa edad, como si fuesen material de desecho. La enfermiza fiebre del edadismo hace que se privilegie al joven, sin conseguir con ello que se alivie el paro juvenil. Y una serie de circunstancias añadidas hacen que esas personas, si tienen la desgracia de perder su puesto de trabajo, tropiezan con insuperables dificultades para volver a colocarse. Es un desperdicio de capital humano que ninguna sociedad medianamente desarrollada debiera permitir. Y es un drama humano, porque decidme: ¿qué hacen un hombre o una mujer sin empleo a quienes faltan más de diez años para ser pensionistas? ¿Qué pensión les queda, si en los últimos años no han podido cotizar? ¿Cuál es su vida si tienen hijos que todavía no entraron al mercado laboral? ¿Qué hacen si no han terminado de pagar su hipoteca? Esas son algunas de las preguntas que suscita su expulsión. Y subrayo: esa palabra, expulsión, no es mía; es del ministro Escrivá.