El final del viento

He leído en La Voz de Galicia una información que dice que este verano no hubo oleaje en la costa gallega. Por diversas circunstancias climatológicas difíciles y largas de explicar, tampoco hubo viento. Los pescadores de mar, las marisqueiras y, sobre todo, los percebeiros, habrán pasado un verano tranquilo. La noticia podría inspirar una novela titulada “El día que se acabó el viento”. ¿Y qué podría contar esa novela? Que el paisaje gallego se llenó de molinos para la producción de energía eléctrica, pero sus palas no se mueven y en sus postes anidan las cigüeñas. Se perdieron las inversiones para la producción de energía eólica. Hubo que volver a la construcción de pantanos y centrales nucleares, justo después de que las eléctricas habían parado las existentes como protesta por el hachazo del gobierno a sus beneficios. Como eso lleva tiempo, la gente volvió a alumbrarse con velas y los curas hacían rogativas por el viento. Los críticos dirían: “una novela demasiado fantástica para ser verosímil”. Yo, como pasé la mayor parte de las vacaciones en Galicia, ahora recuerdo que he visto muchísimos molinos parados. A lo mejor era un aviso.