El viejo jubilado

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El viejo jubilado
Fogonazos

 

Este verano estuve en su casa, que es –hay que empezar a decir que era– su restaurante en Marbella. Almorzar o cenar un día allí fue para mi como un rito que mantuve a lo largo de 30, quizá 40 años. Y él siempre estaba, a cualquier hora, cualquier día, con su gorro de cocinero y su vestuario blanco. Quise preguntarle por su edad, pero me pareció que tenía la de siempre: quizá lo veía como una parte del paisaje, tan natural que no tenía edad. Los clásicos no tienen edad. Lo que tienen es memoria, como las paredes de su casa, que han visto pasar por allí al mismísimo Franco, a otros jefes de Estado, a toda la “jet” marbellí que tantas páginas llenó de revistas del corazón, a Julio Iglesias, a Premios Nobel, a varias generaciones de artistas. Las fotos de este restaurador son un resumen de más de medio siglo de historia; de historia política; de historia cultural y de historia sentimental de medio mundo. Él se llama Santiago Domínguez y el restaurante se llama Santiago. Ayer leí que cierra porque el dueño, cocinero, metre, consejero Santiago, ha cumplido 83 años. Y trabajó hasta el último día. Dicen las crónicas que mucha gente llora su despedida. Yo la lloraré el próximo verano. Hoy solo apunto: ¡qué viejos se jubilan los grandes! 

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